¿Becarios o Precarios?

Últimamente me siento bastante reivindicativo, estás muy “cañero” me dicen algunos… y tienen razón. No sé si habré perdido la paciencia o que ya estoy cansado de ver engaños uno tras otro la luz del día, pero la verdad es que últimamente estoy especialmente sensible con los que abusan el sistema; como dice Broadbent, somos perceptivamente selectivos y vemos lo que buscamos ver, será eso… ¿verdad?. Así que vamos a abordar un tema que considero hay que tratar: Los Becarios. Vamos a ello.

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¿Qué es un becario?… o mejor dicho, vistas las circunstancias ¿Qué debería ser un becario?

Un becario es, sobre el papel, un estudiante que, dentro de un organismo público o privado realiza prácticas en empresas ya sea con retribución económica o sin ella, con el objetivo de iniciarse en el mundo laboral, prestando el conocimiento adquirido en sus estudios a cambio de desarrollar competencias laborales en el mundo profesional real.

Un concepto básico del estudiante en prácticas es que NO es un trabajador (es un estudiante, un aprendiz) y por lo tanto NO es responsable de su trabajo, el responsable es su tutor que tutoriza, enseña, mentoriza… al estudiante. La responsabilidad del becario es aprender.

Y porqué pongo un poco más arriba ¿Qué debería ser un becario? Pues porque a la vista de la normativa vigente que regula este ejercicio (la puedes consultar AQUÍ), en poco o nada se parece la realidad diaria de los estudiantes en esos puestos de trabajo, con los «deberes» que las llamadas “empresas colaboradoras” tienen para con ellos. 

La realidad es que a pesar de que el becariado se ha generalizado en todos los sectores profesionales de nuestro país, no se trata de una actividad que genere una mutua reciprocidad beneficiosa entre el becario y la empresa. En la mayor parte de las ocasiones esta relación es un aprovechamiento (por no llamarlo explotación laboral o abuso) por parte de las empresas de lo que percibe como una mano de obra barata o gratis, que está cualificada y con conocimientos técnicos, mostrando un total desinterés por el devenir y el futuro del estudiante, más allá de su rendimiento en el puesto de trabajo que ocupe temporalmente.

Esta perversión de lo que debería ser una herramienta de desarrollo con un gran beneficio y retorno de la inversión (ROI) para todas las partes (los futuros profesionales, las empresas que tienen una herramienta de detección de talento genial, e incluso para nuestro país que necesita de ese desarrollo y capacitación de su fuerza de trabajo como el comer) ya es deplorable de por sí. Pero lo que más me entristece es que en las empresas en la que esto sucede, los departamentos de Recursos Humanos, en el mejor de los casos miran hacia otro lado, y en el peor, lo justifican o incluso lo promueven…

A mi, que quiero y adoro esta/nuestra profesión, que debería llevar por estandarte la ética y valores humanos, se me revuelven las tripas cuando veo tantos «profesionales de los Recursos Humanos» que tratan a sus trabajadores (esos Humanos del vocablo) como simples Recursos. No estamos haciendo las cosas bien.

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¿A dónde nos lleva esta situación?

Con esta situación, el futuro que depara a los universitarios españoles se antoja poco menos que terrible. Lo que debería ser un ejercicio de prácticas para afrontar con los mejores avales su incorporación al mundo laboral se ha convertido en un ejemplo de precariedad profesional precariedad y explotación laboral. No es de extrañar pues, a la vista de las condiciones y resultados de su experiencia como becarios y ese triste futuro que se les presenta, que muchos jóvenes licenciados, estudiantes de módulos profesionales (¡nuestro futuro como país!) cada vez en mayor número, vayan optando por la emigración en busca de una vida mejor. 

El resultado es un auténtico y estrepitoso, además de costoso, fracaso del sistema educativo español y del conjunto de entorno laboral. 

Lo que estamos haciendo, en definitiva, es regalar la larga y costosa preparación académica y el talento de nuestros jóvenes a otros países sin que a sus beneficiarios, les haya reportado coste alguno.

Artículo escrito por Pere Sbert

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